A fin de mes se presentará el libro “8,8, escombros en el Bicentenario”, de los autores Joaquín García-Huidobro (1959, abogado y doctor en filosofía), Hugo Herrera (1974, doctor en filosofía) y Daniel Mansuy (1978, doctorándose en Ciencias políticas).
Ellos, en parte de la obra, hablan de la precariedad del Estado chileno que quedó al desnudo después del terremoto, con todos los efectos que eso conlleva tanto en el plano interno como en el externo.
Y cuando se refieren a la reconstrucción del país, no dudan en hacer propuestas: "Si la casa y la ciudad son el lugar donde uno vive, el Ministerio de Vivienda y Urbanismo debería ser mucho más importante que el Ministerio del Interior, y lamentablemente está lejos de ser el caso”, dicen.
Y luego afirman: “así como se ha hablado de salario digno o, mejor, ingreso familiar digno, ¿no habrá llegado el momento de hablar de vivienda familiar digna?".
“Vivienda familiar digna”. Una frase que nos compromete a realizar una labor mucho más efectiva cuando hay que diseñar o proyectar ciudades, barrios o conjuntos habitacionales en nuestro país. Porque no todo tiene que ser precario, falto de recursos e imaginación.
Las cosas las tenemos que hacer bien, pensando en la excelencia. Sobre todo cuando muchas familias van a pasar largo tiempo de su vida en esas viviendas que llegan en reemplazo de la que perdieron durante el terremoto.
Hay una frase típica en Chile que dice que “todo los provisorio es nuestro país es eterno”. Claro, si visitamos Chillán o Concepción todavía nos vamos a encontrar con conjuntos habitaciones “provisorios” que se levantaron luego del terremoto del año 39 y que aún están albergando a numerosos chilenos, descendientes ya de aquellos que fueron afectados por el sismo de ese año.
Entonces, hoy que contamos con un país que tiene más recursos y que aspira a ser una nación desarrollada, no puede pensar en reconstruir de manera “provisoria”. Debe levantar viviendas dignas y para mucho tiempo.
Ojalá las autoridades tengan presente estos aspectos cuando adoptan medidas. Que no se queden en propiciar la construcción de miles y miles de mediaguas como solución para que habiten los damnificados por el fuerte sismo del 27 de febrero pasado. Y, de paso, convirtiendo a nuestras ciudades y localidades en un gran campamento.
La única solución es reconstruir con dignidad. Tomando en cuenta que quienes van a ser favorecidos son personas que se merecen un trato respetuoso, debido, sobre todo, a la tragedia vivida por ellos.